Abrir “Kioto” es como pasear descalzo por un templo zen: no hay prisa, no hay estridencia, no hay urgencia. Solo una invitación callada a contemplar lo que normalmente pasamos por alto: el color de los arces en otoño, el murmullo del viento entre los cerezos, el herrumbre digno de una celosía envejecida. Esta no es una novela para buscar giros de trama ni épicas revelaciones, sino para dejarse mecer por una historia que, como la propia ciudad de Kioto, resiste los embates del tiempo y de la modernidad con una delicadeza obstinada.
La protagonista, Chieko, ha crecido creyéndose hija abandonada por una geisha. Pero al cumplir veinte años, descubre que sus padres adoptivos simplemente la encontraron, una noche cualquiera, bajo un cerezo. Este hallazgo no desata el drama que uno esperaría en una novela occidental; no hay gritos, no hay reproches. Lo que hay es duda, desconcierto, la sensación de caminar por un puente de niebla. Porque la verdadera búsqueda de Chieko no es la de su madre biológica, sino la de su lugar en un mundo donde tradición y modernidad chocan en silencio.
Yasunari Kawabata, con su estilo inconfundible —casi susurrado, siempre elegante—, convierte esa búsqueda íntima en una excusa para retratar la ciudad de Kioto como un personaje más. Aquí no hay un Japón de samuráis o de tecnología futurista, sino uno que vive en las sombras de los templos, en los hilos de los kimonos tejidos a mano, en los festivales que celebran el paso del tiempo y no su dominio.
“Kioto” avanza como una sucesión de estampas, casi como un álbum de fotografías impregnadas de aroma a incienso. No todo lo que se insinúa se desarrolla. Algunos personajes aparecen como sombras, con historias que podrían ser, pero no son. La narración, más que contarnos, nos muestra: los tulipanes contrastando con el obi de una clienta, la madera húmeda de un portón, la textura de una seda que apenas resiste el paso de los años.
Sí, puede que para algunos esta historia resulte superficial, más un conjunto de postales que una novela de arcos definidos. Pero esa es también su fortaleza: “Kioto” no aspira a ser una historia cerrada, sino una experiencia sensorial. Yasunari Kawabata no busca explicarnos nada, solo ponernos frente al misterio de la identidad, del tiempo que pasa, de las tradiciones que se desvanecen como la flor del cerezo.
Y no es menor el contexto: estamos en un Japón de posguerra, donde las viejas profesiones —como la de diseñador de kimonos, oficio del padre de Chieko— se ven desplazadas por la modernidad rampante. La cultura occidental se filtra en los gestos, en las ropas, en las aspiraciones. Pero Yasunari Kawabata no lo denuncia: lo contempla, con la misma ambivalencia con la que uno mira una casa en ruinas o un festival que ya no convoca a nadie.
“Kioto” es un canto a la belleza efímera, una novela que hay que leer como se contempla una pintura japonesa: sin buscar el significado, sino la emoción contenida en lo mínimo. Para quien quiera sentir más que entender, es una lectura imprescindible. Si lo que buscas es acción y ruido, mejor pasa de largo.
Yasunari Kawabata (Osaka, 1899- Zushi 1972) fue un escritor japonés, destacado junto a otros maestros nipones del siglo XX, como Ryūnosuke Akutagawa, Junichirō Tanizaki, Osamu Dazai o Yukio Mishima, de quien fue amigo y mentor.
Yasunari Kawabata fue el primer japonés que obtuvo el Premio Nobel de Literatura 1968 y el segundo asiático tras Rabindranath Tagore. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
