Por Bernat del Ángel.
Quizá estoy harto.
No de vivir, ojo —a eso uno se acostumbra como a una vieja muela podrida—, sino de convivir. Que es peor.
Harto de las sonrisas plastificadas, de las frases de galleta de la suerte regurgitadas en Linkedin, de los abrazos falsos que huelen a desodorante vencido y agenda oculta. Harto del alma en oferta. De esa necesidad casi pornográfica de agradar. De ser simpáticos.
¿A quién demonios se le ocurrió que la cortesía forzada era un valor? ¿Quién diablos dijo que la idiotez bienintencionada merecía indulgencia?
No, señora. No, caballero. La verdadera tortura no es el dolor físico —eso se anestesia o se sobrevive—, sino la idiotez consagrada como norma, como liturgia del día a día. Una misa en la que se comulga con el pan de la estupidez y el vino de la autoayuda.
Estar rodeado de ella. Encerrado con ella. Comiendo con ella.
Aplaudiendo chistes de sobremesa de gerentes que confunden liderazgo con decibelios.
Compartiendo café con opinólogos de sobremesa que piensan que leer un hilo en Twitter los hace politólogos.
Acompañando en ascensor a esa fauna que se cree interesante porque repite lo que dijo alguien con muchos seguidores.
Todo eso. Eso es tortura.
Vivir entre muertos que no se han enterado. Obituarios andantes con reloj inteligente.
Zombis de oficina con planes de vida dictados por Excel y miedo crónico al silencio.
Son como aves sin vuelo. Hablan sin decir. Ríen sin reír. Aman sin sentir. Se enamoran de filtros, se citan en emojis, se despiden con gifs.
No sienten culpa, ni honor, ni palabra empeñada. Ni siquiera rabia verdadera.
Todo es eco, disfraz, y frases recicladas de Paulo Coelho con IA.
Y nos toca fingir. Hacer como que no duele.
Como que no huele. Como que no jode.
Como si convivir con la estulticia no fuera ya una forma de violencia pasiva, lenta, sistemática.
Tal vez por eso tantos terminan rotos. O huecos. O anestesiados.
Tal vez por eso los más lúcidos se van quedando callados.
Porque el silencio, al menos, no apesta.
Y sí, dirán que exagero. Que qué genio el mío. Que qué altanería. Amargado. Que hay que ser tolerantes.
¿Tolerantes con qué? ¿Con la estolidez generalizada? ¿Con la opinión del ignorante parida en dos minutos y viralizada en diez?
Perdonen ustedes, pero no. Yo ya no.
Quiero rodearme de bichos raros.
De los que dudan, de los que piensan, de los que callan con dignidad y hablan con sustancia.
De los que no tienen miedo al ridículo, pero tampoco lo provocan a diario sin saberlo.
De los que viven sin pedir permiso.
Porque esta época está infestada de barnices y apariencias. De simulacros de bondad.
De falsos profetas del optimismo.
Y de una mediocridad tan sólida que se podría construir un muro con ella.
Yo no quiero muros. Ni manadas. Ni trending topics.
Quiero una buena conversación con quién sepa conjugar el verbo leer.
Una copa de vino con alguien que haya llorado por razones que no se publican.
Un insulto merecido. Una discusión que valga la pena. Un fracaso con estilo.
Un silencio compartido con alguien que no necesite llenar el aire con pendejadas.
Porque no estamos hartos de la vida.
Estamos hartos de lo que la vida ha parido últimamente:
Una legión de idiotas sublevados con WiFi y autoestima inflada.
Y nosotros, los otros, los pocos, los raros, los incómodos, mirando desde la esquina más lúcida de esta jaula sin barrotes. Y sin ver el fin. Jodeeer. PdC.
