Historias Comunes

A madrazos también se aprende

Por Bernat del Ángel.

La vida, digámoslo pronto, no siempre sale. A menudo, de hecho, hace exactamente lo contrario: se tuerce como un cable pelado, se ríe de tus planes, te lanza una pedrada a la frente y, por si fuera poco, después escupe en el suelo como un gañán. Uno se lo trabaja, se porta, madruga, traga sapos, saluda con sonrisa de funcionario, paga impuestos, se enamora con buena letra y aun así —zaska— recibe madrazos existenciales olímpicos. Y luego, en un giro sarcástico digno de guionista borracho, ves al más mediocre de la oficina ascendido por el simple mérito de tener voz grave, canas y un tono bronceado playero.

Eso es la vida: premio y castigo. Zanahoria y palo. Juega al despiste como una baraja trucada. Y nada tiene que ver con merecimientos. Ni karma, ni justicia divina, ni astrología de pacotilla. A veces lo que te pasa es pura estadística. Mala suerte, mal día, mal sitio. Punto.

La gente pregunta: “¿Por qué a mí?”. Y yo, que ya me harté de rezarle a los astros, respondo: “¿Y por qué no?”. Somos tan importantes como una miga de pan en la solapa de Dios. La diferencia entre una catástrofe y una bendición, muchas veces, es un semáforo que cambia tarde. La verdad es que no lo controlamos todo. Y a quien le moleste esa idea, que se compre una pecera.

Pero ojo acá, que aquí viene lo bueno: tú eliges quedarte o no donde te pisan. Porque quien te quiere bien no te lo hace difícil. Quien te quiere bien no te pone a prueba, no te manipula con chantajes de baratillo ni se larga “para pensar”. Quien te quiere bien se queda. Te escucha. Lucha. Y si no lo hace, no te quería tanto como decía. Fin del melodrama.

Ahora bien, si lo sabes y te quedas, entonces no eres víctima. Eres cómplice. Porque hay que tener redaños —sí, redaños, o huevos, como los tenían nuestros abuelos cuando sabían distinguir entre querer y necesitar— para agarrar el petate y decir: “Hasta aquí, cariño. Ahí te quedas con tus afectos a plazos y tus abrazos a crédito”.

A veces la vida te pide que te la juegues. Que te vayas sin mapa. Que salgas a campo abierto aunque esté lloviendo granizo emocional. Que digas “esto no me basta” con la boca llena de miedo y los bolsillos vacíos. Y que lo hagas igual. Porque vivir sin riesgo es vegetar. Y vegetar, queridos, es de cobardes.

Porque no se trata de mirarse a los ojos como dos periquitos enamorados. Se trata de ver lo que hay detrás: los silencios que duelen, los gestos que no mienten, las ausencias que no se explican. De entender que el amor no es un cuento chino ni una aplicación de citas. Es acción. Es decisión. Y muchas veces, es largarse.

Y entonces, justo entonces, cuando has perdido lo que creías necesitar, te das cuenta de que no has perdido nada. Has ganado paz. Has ganado respeto. Te has ganado a ti.

Hoy, pues, no empieza nada nuevo. Hoy simplemente continúa lo que jamás debió ser interrumpido: el coraje de seguir sin aplausos, la voluntad de no agachar la mirada, la osadía de no pedir permiso. Una conversación sin corbata ni maquillaje. Un “te escucho” sin filtros. Un “yo también estoy roto, pero aquí sigo”.

Porque la vida entera es eso. A veces fluye. A veces duele. Pero jamás se detiene. Ni siquiera con el último gran castigo: ese que nos hará la pregunta definitiva. La misma que muchos no quieren oír por temor a responder con sinceridad.

Y si cuando llegue ese día me pilla solo, sin títulos, sin medallas, sin ahorros y sin pareja, pero con la decencia intacta y la carcajada viva, que no me lloren. Sírvete un gin-tonic y que en mi lápida pongan: Lo niego todo, incluso la verdad. PdC.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Te puede gustar