Por Bernat del Ángel.

Dicen —los de siempre, los que se sientan derechos y cobran por opinar echados— que esta generación es estúpida, frágil, floja y más falsa que moneda de tres pesos. Que no respeta las formas, que no se compromete, que no cree en Dios, en la patria ni en el capital.

Y yo, que soy viejo pero no idiota, me permito dudarlo.

¿Será que no es falta de compromiso, sino hartazgo del compromiso idiota? ¿No será que lo que esta generación ha perdido no es la brújula, sino la paciencia?

Porque estos chicos no nacieron cansados: los hemos reventado entre todos. Los hemos criado con la pantomima de la meritocracia y los manuales de autoestima al mismo tiempo. Les exigimos que estudien, trabajen, inviertan, ahorren y sean felices… pero con un sueldo de becario, una renta de usurero y un futuro hipotecado. Todo con una sonrisa, claro. Y sin quejarse, porque entonces son débiles.

Los acusamos de no respetar las formas, cuando lo que en realidad no respetan es el circo. Porque las formas —esa liturgia de lo correcto— dejaron de tener sentido cuando sus autores las vaciaron de contenido. ¿Para qué servir de ejemplo si el ejemplo apesta a naftalina?

Se les tacha de superficiales porque no se arrodillan ante las mismas banderas rancias que sus abuelos. ¡Faltaría más! ¿Qué sentido tiene jurar lealtad a una estructura social que los explota, los ignora o los desprecia? ¿Para qué formar parte de un sistema que les promete mucho y les cumple poco?

No, no están perdidos. Están escarmentados.

Son más lúcidos que nosotros a su edad, y eso es lo que incomoda. Tienen acceso a la información desde el parvulario, y con eso han aprendido a detectar al farsante en tres scrolls. No creen en el amor eterno ni en las carreras para toda la vida, pero sí en la salud mental, en el consentimiento, en la diversidad y en desconectarse del WhatsApp cuando les da la gana. Y no, no es vagancia: es supervivencia.

Claro que hay idiotas. Como los ha habido siempre, en todas las generaciones y todos los salones de té. Pero estos idiotas al menos no te obligan a respetarlos solo porque tienen un título, una edad o un apellido con pedigrí.

Y por cierto: esta generación no está sola. También hay padres y madres que han sabido entenderla. Que renunciaron a ser réplicas de sus padres para criar con dudas, pero con ternura. Y hay quienes no pudieron serlo. Por destino o desventura. Abandonados por la biología o el infortunio, pero llenos de amor represado, amor que nadie supo o quiso recibir. Esos también pertenecen a esta generación: los que supieron dar sin ser nombrados. Los que acompañan en la sombra.

Esta no es la generación de cristal. Es la generación de los espejos rotos. De los que vieron lo que éramos, lo que hicimos y dijeron: «No gracias, paso».

Y eso nos jode.

Porque no son como nosotros. Y en lugar de aplaudirles, los señalamos. Les llamamos perezosos porque trabajan desde casa. Frágiles porque piden respeto. Engreídos porque exigen dignidad. Nos incomodan porque no buscan encajar, sino cambiar el molde.

Lo que esta generación no tolera no es el esfuerzo. Es el engaño. No rechaza la disciplina, rechaza la hipocresía. No son flojos. Son lúcidos. Y eso sí que asusta.

Quizá, en vez de criticarles, deberíamos tomar nota. Y callarnos la boca, aunque sea por una vez. ¿Anotaste, verdad? PdC.

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