“Salvar el fuego”, novela ganadora del Premio Alfaguara 2020, escrita por Guillermo Arriaga, no es una lectura sencilla, ni por su estilo, ni por lo que muestra. Es una historia que huele a sudor, a encierro, a pólvora y a piel. Una novela que, como buena danza, empieza con pasos contenidos y termina en una coreografía de emociones que explotan como balas al pecho.
La premisa es lo suficientemente improbable para atrapar: Marina, coreógrafa de clase media-alta, madre de tres, casada, con una vida “normal”, se enamora de José Cuauhtémoc, un reo condenado a 50 años por homicidio. El contraste es brutal y deliberado: una mujer que habita los escenarios suaves del arte se enfrenta al rugido de una prisión en llamas, un lugar donde los cuerpos chocan, sudan y sobreviven por instinto.
Desde ahí, Guillermo Arriaga construye una historia que se desdobla en múltiples voces y tiempos narrativos, saltando entre el presente y el pasado con una destreza técnica que sorprende. Esa estructura temporal desfasada —la narración de Marina ocurre en tiempo real mientras la de JC va unos días atrás— crea un suspenso continuo, una especie de cuenta regresiva emocional.
Y hay que decirlo: “Salvar el fuego” tiene momentos gloriosos. La tensión entre ambos mundos —el del encierro brutal y el del deseo contenido— es sofocante. Las escenas en prisión se sienten húmedas, densas, cargadas de calor y violencia, tanto física como simbólica. Y cuando JC narra, la prosa se vuelve densa, callejera, cargada de mexicanismos, spanglish y vulgaridad deliberada. No para todos los gustos, cierto, pero efectiva para retratar un mundo que no se escribe con gramática normativa.
La crítica social está ahí, latente y a veces excesiva: corrupción institucional, narcotráfico, clasismo, racismo, impunidad y una larga lista de heridas que conforman el cuerpo fracturado de México. Guillermo Arriaga no tiene empacho en nombrar ni en señalar, aunque a ratos repite tanto el dedo acusador que se vuelve discurso panfletario.
El elenco de personajes secundarios —especialmente los presos y sus historias— aporta capas ricas en emoción y humanidad. Cada uno es una pequeña novela en sí misma, y algunos de sus testimonios rompen el corazón o al menos tambalean la conciencia. También está Francisco, el hermano de JC, cuyas cartas al padre se sienten como una subtrama que quiso ser poesía épica y quedó en paréntesis prescindible.
Eso sí, “Salvar el fuego” no está libre de excesos. Hay pasajes que parecen escritos con tinta de telenovela: descripciones exageradas, diálogos que se quieren poéticos y se quedan a medio camino, un protagonista masculino tan perfecto —rubio, fuerte, sabio, artista, letal— que parece salido de una fantasía erótica con esteroides. ¿Un indígena con cuerpo de semidiós nórdico? Sí, eso pasa. Y sí, desconcierta.
Pero pese a todo,“Salvar el fuego” tiene fuego real. El de las pasiones, el del desencanto, el de las cicatrices. Guillermo Arriaga logra mantener un ritmo vertiginoso, una intensidad que va in crescendo y te arrastra con su prosa cargada de deseo, violencia, hedor y culpa. “Salvar el fuego” no pide permiso, se impone.
Y si bien puede no ser perfecta, ni sutil, ni políticamente impecable, sí es una novela que arde. Y en tiempos de literatura tibia, eso se agradece.
Guillermo Federico Arriaga Jordán (Ciudad de México -1958) conocido como Guillermo Arriaga, es un escritor, guionista, productor y director cinematográfico mexicano, conocido principalmente por escribir los guiones de películas como Amores perros, 21 gramos, Babel, Los tres entierros de Melquiades Estrada y The Burning Plain.
En 2020 fue el ganador del Premio Alfaguara de Novela por su obra titulada Salvar el fuego. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
