Historias Comunes

Envidias, lenguas largas y almas pequeñas

Por Bernat del Ángel.

Quién habla mal de ti, amigo mío, no te odia: te estudia, te observa, te copia con la misma devoción con que un monje ilumina un códice. No lo confundas. No es enemigo, ni crítico, ni juez; es un admirador frustrado que no tuvo el talento, el valor o la desvergüenza de hacer lo que tú hiciste. Y ahí está, mascando tu nombre como si fuera chicle viejo, esperando que se le pegue algo del sabor que tú tienes de sobra.

Hay tres ingredientes en el corazón de quien te difama: envidia, impotencia y fascinación. Quisiera ser tú, tener lo que tú tienes, hacer lo que tú haces. Pero como no puede, ni sabe, ni se atreve, opta por lo más barato del catálogo humano: la murmuración. Es el deporte de los mediocres, el opio de las almas chiquitas. Porque hablar mal de otro es la manera más cobarde de confesarse inferior.

No te enojes, no caigas en esa trampa tan común de defenderte ante quien no te llega ni al polvo de los zapatos. Recuerda: el odio siempre mira hacia arriba. Nadie envidia a quien está por debajo. La lengua del resentido es un espejo torcido, pero útil: si hablan de ti, es que ya brillaste demasiado para su gusto.

Hay gente que, incapaz de producir luz propia, sobrevive a base de reflejar la ajena. Y no cualquier luz: la tuya, precisamente. Esa que te costó años, desvelos, cicatrices, errores y quizá un par de derrotas gloriosas. Ellos no lo saben, claro. En su versión, tú lo tuviste fácil, todo te salió bien, la suerte te sonrió mientras ellos, pobres mártires, cargaban el mundo en la espalda. Ternuritas.

Si los dejas, te estudian como quien examina un espécimen raro. Analizan tus gestos, tus frases, tus silencios, incluso tus pecados. Pero lo hacen con la esperanza —vana, pobrecitos— de encontrar el truco, la grieta, el secreto que te sostiene. No saben que lo tuyo no fue magia, sino coraje. No entienden que el brillo que odian es el reflejo del fuego que ellos no se atreven a encender.

Así que no, no te sulfures. Son tus fanáticos encubiertos, tus cronistas involuntarios, tus promotores gratuitos. Cada vez que te mencionan, hacen publicidad de tu nombre sin cobrarte un centavo. Si supieran cuánto te ayudan, se morderían la lengua, y ojalá lo hicieran, a ver si aprenden a saborear el silencio.

La vida, al final, es una función de teatro con dos tipos de público: los que aplauden porque disfrutan verte en escena, y los que aplauden porque no soportan no estar ahí. Pero ambos aplauden, y ese es el detalle que se les escapa.

No te rebajes a explicaciones ni defensas. No malgastes tu verbo con quienes sólo entienden de ruido. Camina, trabaja, sigue. La mejor venganza es el resultado. El éxito, bien llevado, es un insulto silencioso que no necesita gritar.

Y cuando los oigas cuchichear, sonríe con condescendencia. Diles mentalmente: Gracias por tanto interés. Sin ustedes, mi leyenda sería más corta. Luego, date la vuelta y sigue andando. Porque mientras ellos se desgastan hablando de ti, tú haces lo que ellos jamás harán: vivir.

La envidia, a fin de cuentas, es el tributo que la mediocridad paga al mérito. Y aunque lo nieguen con fervor de beata, en el fondo saben que tú no eres su enemigo. Eres su espejo, su medida, su recordatorio de lo que podrían haber sido si no se hubieran rendido tan pronto.

Así que, por caridad, no los odies. Entiéndelos. Son criaturas diminutas, asustadas por su propia intrascendencia, que creen que hablar mal de otro los hace un poco menos irrelevantes. Pobres. Si supieran que ya son tus fans, quizá dormirían mejor. PdC.

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