Jafar Panahi vuelve —sí, vuelve, aunque técnicamente sigue “prohibido”— con Fue sólo un accidente, una película que arranca en la más absoluta normalidad: una familia iraní conduce de noche, carretera desierta, silencio… y de pronto, ¡zas!, atropellan un perro. Un accidente trivial, como promete el título, filmado en un plano secuencia de casi diez minutos que prepara al espectador para una película que va a ir por la tangente. Pero Jafar Panahi es Jafar Panahi, y lo que empieza como un contratiempo mecánico termina derivando en un viaje moral que se debate entre el humor negro y la angustia existencial.
Eghbal, el conductor —interpretado con inquietante calma por Ebrahim Azizi— tiene una pierna artificial. Un detalle insignificante… salvo para Vahid, el mecánico del taller donde la familia busca ayuda. Porque ese chirrido metálico, idéntico al de un guardia que torturaba prisioneros en una cárcel iraní, le activa una herida aún abierta. Y así, casi sin darse cuenta, Vahid secuestra al pobre hombre, lo empaca en un baúl y se lanza carretera arriba para confirmar si de verdad es el monstruo que recuerda.
Aquí empieza el desfile de personajes: Shiva, la fotógrafa de bodas que ejerce de brújula moral; Goli, escapada de su propia boda y todavía con vestido puesto; Hamid, explosivo y desequilibrado, único convencido de que saben lo que están haciendo; y el pobre Ali, novio arrastrado por la desgracia ajena. Un grupo heterogéneo, torpe y entrañable, unido por un trauma compartido: todos fueron presos políticos, todos sufrieron abusos y todos cargan con una rabia que no saben dónde poner.
Jafar Panahi construye este cruce de caminos entre thriller y tragicomedia como si fuera un experimento ético: ¿qué hacer cuando tienes frente a ti al hombre que arruinó tu vida… o al menos a alguien que suena como él? ¿Hasta dónde llega la certeza? ¿Cómo se resuelve el impulso de venganza cuando te asoma al abismo que juraste no volver a pisar?
Lo admirable es que Jafar Panahi no sermonea. Prefiere moverse entre lo absurdo —como ver a Goli atravesar el desierto con un vestido blanco— y momentos de desarme emocional profundo. La duda, la culpa, el deseo de hacer justicia y el miedo a repetir la violencia del opresor se entrelazan en discusiones que podrían ocurrir en cualquier país donde el poder aplasta primero y pregunta después.
Con su característica cámara en mano, austera y clandestina, Jafar Panahi filma gran parte del metraje dentro de una camioneta, casi como si los personajes estuvieran encarcelados otra vez. Y sin embargo, lo que emerge no es solo denuncia política (que la hay, a pasto), sino una reflexión sorprendentemente universal sobre cómo cortar el ciclo de daño.
Fue solo un accidente, por momentos, roza casi lo bíblico: perdonar o enterrar vivo, hacer justicia o perpetuar la cadena.
Fue solo un accidente ganó la Palma de Oro por una razón obvia: es audaz, tensa, humana y ferozmente contemporánea. No es un tratado solemne: es una bomba moral envuelta en humor seco, suspense y humanidad dolorida.
Una de las mejores películas del año. Y no, no solo para quienes “ven cine iraní”. Obligada. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
