En tiempos donde el autoritarismo vuelve a asomar el colmillo a ambos lados del Atlántico —con sus discursos huecos, sus prohibiciones recicladas y su alergia a la diferencia—, el arte recupera su viejo oficio de trincheras: resistir, incomodar y recordarnos que la imaginación es, a veces, la única arma que queda. Con esa brújula llega Bill Condon con su nueva adaptación de El beso de la mujer araña, y no, no es un simple reciclaje: es un regreso poderoso, sofisticado y visceral a un clásico que nació prohibido y terminó convertido en símbolo.
La historia, fiel a Manuel Puig pero con un giro contemporáneo, nos encierra en una celda donde dos mundos que nunca se habrían tocado se ven obligados a convivir: Valentín Arregui (Diego Luna), un militante de izquierda torturado por un régimen militar, y Luis Molina (Tonatiuh), un preso queer acusado de “indecencia”, pero reimaginado aquí con una sensibilidad trans-codificada más acorde al presente. Él vive de fantasías; Valentín, de principios inamovibles. Uno se refugia en las películas de Ingrid Luna (Jennifer Lopez); el otro, en la revolución. Y ahí, en ese choque frontal, El beso de la mujer araña encuentra su pulso.
Bill Condon, lejos de subrayar o explicar, deja que la relación avance sin prisas: cambia el aire, se mueve, respira. La hostilidad inicial de Valentín —hija de prejuicios aprendidos a fuego lento— se resquebraja a medida que Molina le hilvana historias como si fueran mantas contra el miedo. Y cuando entramos al “film dentro del film”, la cinta despega: Jennifer López brillando como diva retro hiperestilizada, Molina convertido en su asistente devoto y Valentín reimaginado como un fotógrafo que se enamora sin remedio. Son secuencias rodadas con un cariño casi artesanal, envueltas en una estética de musical antiguo que Tobias A. Schliessler ilumina como si fuera un sueño caro.
En ambos universos —el real y el imaginado— se siente la sombra del fascismo, siempre rondando, siempre dispuesto a aplastar. Pero también se siente el deseo, la ternura torpe y la necesidad de ser visto sin juicio. Y ahí es donde Tonatiuh se roba la película: es camaleónico sin forzarlo, conmovedor sin cursilerías, magnético sin presumirlo. Su Molina tiene fragilidad, humor, picardía y una dignidad feroz que lo vuelve inolvidable. Cada canción que interpreta sube el listón más allá de lo que el musical original había logrado en pantalla.
Diego Luna, pese a no ser el Arregui más intimidante que ha existido, ofrece una evolución emocional convincente; y Jennifer López, entre lentejuelas y melodrama, entrega exactamente la clase de estrella que la historia exigía.
Puede que esta versión no sea la más incendiaria ni la más cruda de todas, pero sí es la más armoniosa entre sus dos almas: la política y la fantasiosa. Y eso, en un mundo que quiere silenciar lo distinto, ya es una declaración de principios. El beso de la mujer araña no solo entretiene: levanta la voz. Buena. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
