*Podría generar “pereza” cerebral y una involución en la inteligencia humana
Te has preguntado ¿cómo la Inteligencia Artificial (IA) impacta nuestro cerebro? Hagamos una prueba muy sencilla: ¿te sabes el número de celular de tu mamá, de tu papá, de tus hermanos, de tu novia, de tu pareja, de tus amigos más cercanos? A que no. A duras penas nos sabemos el propio.
Hace algunas décadas cuando aún se usaba el teléfono fijo y no existían los teléfonos inteligentes, la mayoría de las personas sabíamos los números telefónicos de los miembros de la familia y de los amigos más cercanos o mínimo, el de casa. Ahora con eso que los números los guardamos en el celular y con sólo buscar el nombre de quien queremos hablar o dar la orden de marcar a tal o cual persona, hemos hecho “flojo” a nuestro cerebro.
Y es que de acuerdo a la comunidad científica, la creciente dependencia de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana podría estar generando “pereza” cerebral y una posible involución de la inteligencia humana.
Pilar Durán Hernández, académica de la Facultad de Ciencias de la UNAM, durante una conferencia en el Noveno Festival de Neurociencias, Neurofest 2025, alertó sobre los costos cognitivos de la conveniencia tecnológica.
Explicó que la actividad de nuestro cerebro disminuye cuando utilizamos inteligencia artificial (IA), toda vez que con su mal uso perdemos pensamiento crítico y curiosidad por desarrollar nuevo conocimiento o aprendizaje.
La IA, herramienta de asistencia, no de autoría
La atrofia por desuso genera que el cerebro sea hipoactivo, una mente delegada que le da flojera pensar. Incluso, se podría provocar una involución de la inteligencia, ese “es un riesgo real”, abundó en la conferencia: “El costo cognitivo de la conveniencia. Cómo la IA impacta nuestro cerebro”.
Por ello es importante estar conscientes de que bien empleada, esa tecnología es un multiplicador de productividad, y tener claro que se trata de una herramienta de asistencia, no de autoría.
De acuerdo con investigaciones, dijo, la gente que usa ChatGPT tiene menos procesamiento cognoscitivo y de raciocinio; le cuesta más trabajo razonar, tomar decisiones y tener ideación crítica. Quienes utilizan otras herramientas de búsqueda, como Google, tienen mayor procesamiento cerebral porque “no dependemos de ellas”.
Sugirió que no dejemos que la IA nos haga la tarea pues al final ella es la que aprende y no nosotros. Cuando perdemos conexiones, las neuronas se mueren. Hay que propiciar que el sistema nervioso las siga generando y que no tengamos alteraciones a largo plazo.
Preocupación por la atrofia cerebral
La IA genera un costo cognitivo y un riesgo para el desarrollo cerebral fuerte. Perdemos habilidades fundamentales, además de las mencionadas, otras como las alteraciones en la profundidad conceptual de los procesos.
Además, el costo de la pérdida o disminución de la escritura a mano radica en que esta actúa como un catalizador neurobiológico para el aprendizaje profundo, mientras que la digital es una herramienta de eficiencia para la comunicación y la productividad.
“La evidencia sugiere que la sustitución del lápiz y el papel por el teclado no es un simple cambio de herramienta, sino una modificación profunda en los procesos de aprendizaje y las conexiones cerebrales (el conectoma)”.
El tema nos tiene preocupados por la atrofia cerebral que pudiéramos estar teniendo debido al mal empleo de estas nuevas tecnologías, expuso la especialista.
Pilar Durán recordó que los primeros homínidos tenían un cerebro que ya se consideraba inteligente; desarrollaban actividades y herramientas para sobrevivir en ambientes adversos. Esto comenzó a generar conexiones cerebrales llamadas conectomas, es decir, cuando diferentes áreas del cerebro se relacionan entre sí para generar información; ahí, el aprendizaje se hace más efectivo.
A eso le llamamos inteligencia: a la capacidad de resolver problemas, procesar información y ejecutar actividades específicas utilizando el aprendizaje, recalcó.
Los humanos primitivos también tenían un órgano bastante inteligente y conectado, pero el boom de los procesos cognitivos superiores que permiten el lenguaje, la comunicación y transmitir el conocimiento generacional llegó con el Homo sapiens moderno. Hemos tenido procesos de maduración cerebral que se han heredado por el conocimiento a través de los tiempos.
En 1980, rememoró Durán Hernández, comenzó la era digital donde el descubrimiento e implantación de internet permitió la comunicación a larga distancia y más rápida que nunca.
Hoy, las generaciones millennial y Z son nómadas digitales, y “no se imaginan un mundo sin Alexa, Siri o Gemini”.
La universitaria mencionó la importancia de que los seres humanos, a partir de la infancia, tengan el desarrollo del lenguaje matemático porque genera conexiones cerebrales particulares que nos permiten tener pensamiento abstracto y crítico.
La IA está en todos los ámbitos
Las aplicaciones de la IA están en todos los ámbitos de la vida moderna: industria, construcción, finanzas, salud o transporte. En la ciencia, esa tecnología nos ha permitido avanzar en meses lo que hacíamos en años; pero ahora queda revisar de manera crítica sus resultados y aplicarlos en la investigación.
En la vida cotidiana tenemos banca electrónica y ya no necesitamos ir a la tienda, porque las compras nos llegan a domicilio. O bien, con un “reloj inteligente” vigilamos nuestra salud y eso ha permitido mejorar la calidad de vida.
En los últimos cinco años la IA ha tenido un boom impresionante de desarrollo. Los que no somos nativos digitales tenemos que alfabetizarnos, aprender cómo se utilizan las nuevas tecnologías y cómo sacarles provecho; quienes lo son, deben entrenar al cerebro en el uso ético de esas nuevas herramientas para que continúe conectándose. PdC.
