Las ficciones sobre el más allá suelen debatirse entre lo filosófico, lo cursi o lo directamente absurdo. Eternidad, la nueva comedia romántica existencialista de A24, decide probar un poco de todo y montar un limbo a medio camino entre hotel celestial, convención turística y ventanilla burocrática. Aquí, recién muerto que entra debe elegir dónde pasar el resto de la eternidad: “Queer World”, “Beach World”, “Capitalist World”, “No Man World”, “Weimar World”, incluso un delirante “Studio 54 World” con cocaína gratis y cero riesgo de sida —porque, bueno, ya están muertos. Todo muy lógico.
En esa feria del destino aparece Joan (Elizabeth Olsen), una mujer que llega al más allá acompañada de Larry (Miles Teller), su marido de toda la vida. Todo parece encaminado a una eternidad matrimonial más o menos apacible… hasta que Joan se topa con Luke (Callum Turner), su primer esposo, muerto en la guerra de Corea y que lleva setenta años esperándola. Nada como reencontrarte con el amor que quedó a medias con la misma pinta que tenía cuando te enamoraste. El limbo, por lo visto, es un gran embellecedor.
El director David Freyne y el guionista Pat Cunnane no pretenden reinventar la rueda del romance fantástico, pero sí la decoran con suficiente encanto, humor y colorido como para que uno se deje arrastrar. Es cierto que Eternidad pisa territorios repeinados por otras películas del más allá —desde Beetlejuice hasta Soul— y que su triángulo amoroso avanza por senderos bastante previsibles, pero el truco está en cómo lo cuentan. No hay cinismo, sino un jugueteo amable con la nostalgia, la memoria y ese vértigo que provoca tener que elegir, literalmente, el resto de tu eternidad.
La puesta en escena es puro artificio delicioso. El hotel-limbo cambia la hora del día con telones teatrales; las memorias se representan en escenarios de cartón dibujados a mano; los anuncios de cada mundo eterno son una mezcla entre folleto turístico y broma interna del guion. Hay una creatividad juguetona en cada rincón, y David Freyne se entrega con gusto a esa estética de parque temático metafísico.
El reparto sostiene el edificio con una ligereza que nunca se siente vacía. Da’Vine Joy Randolph y John Early, como los hilarantes “azafatos del más allá”, aportan comedia y humanidad en igual medida. Miles Teller encarna al marido terrenal con una mezcla de orgullo herido y cariño acumulado; Callum Turner funciona más como ideal romántico que como persona real, y quizá por eso su rol es el menos interesante. Pero todo gira alrededor de Elizabeth Olsen, que carga la película sin despeinarse: divertida, rota, incómoda, enamorada y perdida. Su mirada tiene más verdad que todo el decorado junto.
Eternidad no evita desinflarse un poco hacia el final —su dilema emocional no termina de resolverse con el peso que promete—, pero su viaje es tan encantador que cuesta reprochárselo. Es una rom-com del más allá que, entre chistes, colores y nostalgia, acaba preguntándonos algo incómodo y precioso: ¿con quién elegirías pasar no una vida, sino todas las que te queden? Divertida. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
