Miscelánea

Cuna, corona y cinismo

Por Bernat del Ángel.

Resulta que el nuevo Olimpo financiero del siglo XXI no huele a sudor ni a genio, sino a herencia notarial.

La flamante lista de jóvenes mil millonarios de Forbes es, por primera vez en quince años, un desfile de apellidos y testamentos.

Ni talento excepcional, ni esfuerzo titánico, ni ideas que cambien el mundo.
Solo cunas que amortiguan la caída y herencias que multiplican los ceros.

La más joven del rebaño dorado es Libia Boigt, diecinueve años recién cumplidos y mil millones en el banco. No porque haya descubierto la vacuna contra la estupidez, sino porque su abuelo fundó una empresa antes de que ella aprendiera a decir “dividendo”.

A su lado, los hermanos Mystery —cuyo apellido parece sacado de una parodia del Financial Times— se reparten el imperio familiar como quien divide un postre de chocolate.
Y en el mismo festín figuran los retoños de Leonardo del Bequio, magnate de apellido tan rimbombante que da urticaria pronunciarlo sin reverencia.

No hay épica en sus biografías. No hay noches sin dormir, ni cafés fríos, ni currículums rechazados.

Hay, en cambio, una cuna mullida, un apellido blindado y un ejército de contadores asegurando que el dinero nunca vea la intemperie.

El capitalismo, ese sistema que nos vendió la ilusión del mérito individual, ha terminado por quitarse la máscara y mostrar su rostro más cínico: el del feudalismo con tarjeta de crédito.

Nos contaron que si trabajábamos duro podríamos ser ricos.

Que el mérito era el nuevo linaje.

Que las oportunidades estaban al alcance de todos, bastaba con “creer en uno mismo”.
Mentira.
Pura propaganda para mantenernos produciendo y soñando, mientras ellos heredan, reinvierten y bostezan.

El estudio es demoledor: 84 billones de dólares pasarán en las próximas décadas a manos de herederos.

Una transferencia monumental que asegurará que los descendientes de los ricos sigan decidiendo qué comemos, qué vestimos, qué pensamos y, sobre todo, qué jamás podremos permitirnos.

La meritocracia —ese cuento de hadas neoliberal— se desangra en su propio absurdo.
No es más que una comedia de salón donde los pobres aplauden mientras los ricos brindan con champán de 1820.

Nos educaron para creer que el talento abre puertas, pero olvidaron advertirnos que las puertas más importantes no tienen cerradura: tienen apellido.

Y sin embargo, seguimos admirándolos.

Les damos “likes”, seguimos sus vidas en revistas, copiamos sus dietas, compramos sus marcas, les damos lo único que no pueden heredar: nuestra atención.

Somos súbditos voluntarios de una monarquía sin coronas, pero con acciones en bolsa.

Quizá haya llegado la hora de desobedecer al destino genético.

De dejar de aplaudir fortunas heredadas como si fueran proezas.

De entender que nacer en un palacio no es mérito, es suerte, y que el verdadero talento es sobrevivir con dignidad en un sistema diseñado para que no lo hagas.

Y no, no hace falta empuñar la guillotina —aunque algunos días dan ganas—.

Basta con dejar de creerles.

Dejar de comprar sus mitos, sus marcas, sus discursos de “yo también empecé desde abajo” cuando lo más abajo que pisaron fue el mármol de su baño de Versace.

El capitalismo actual no produce héroes, produce herederos.

Y mientras seguimos soñando con ascender, ellos ya nacieron en la cima,  preguntándose a qué sabe la gravedad.

Así que sí, cómete a los ricos.

No por hambre, sino por higiene.

Y si alguno se atraganta con la palabra “meritocracia”, bríndale un aplauso:
acaba de descubrir el sabor de la realidad. PdC.

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