Hay películas que uno aborda con la esperanza de reencontrarse con ese viejo placer del cine de juicios: tensión moral, ambigüedades deliciosas, personajes al borde del colapso y un abogado que, entre copa y culpa, pelea por una verdad que quizá no existe. El acusado —la nueva apuesta de Daniel Auteuil como director, guionista y protagonista— juega exactamente en ese terreno. Y aunque no siempre toca notas memorables, sí se mueve con una gravedad y una melancolía que le dan alma propia.

Daniel Auteuil encarna a Jean Monier, un abogado que hace años colgó la toga tras un caso que le explotó en la conciencia. Pero la vida tiene esa manera caprichosa de arrastrarte de vuelta al ruedo, y Jean termina aceptando, casi a regañadientes, la defensa de Nicolas Milik, un tipo desbordado por la vida y por cinco hijos, acusado de haber asesinado a su esposa. Milik, interpretado por un Gregory Gadebois que destila desesperación pura, se presenta como un buen hombre aplastado por la tragedia y por una mujer que, según él, bebía más de la cuenta y discutía aún más.

Es un caso turbio, lleno de hilos sueltos: una hermana vengativa que acusa sin pestañear, un amigo belicoso que podría ser tan culpable como inocente y una comunidad que, más que justicia, parece buscar un sacrificio. Daniel Auteuil dirige con la parsimonia de un cirujano que conoce cada músculo del género: alterna el presente del juicio con la noche del crimen sin trucos innecesarios, y construye una atmósfera sombría, casi invernal, en un sur de Francia sin postales ni glamour. El Arles de esta historia es áspero, lluvioso, y los únicos que lucen pulcros son jueces y abogados, inevitablemente ajenos al polvo que levanta la desgracia.

Quizá lo más interesante de El acusado no sea el caso en sí —que navega entre certezas que no lo son tanto— sino la figura de Jean Monier, un hombre aferrado a la ética como quien se agarra a la última tabla antes del naufragio. Sus pesadillas, sus ataques de pánico, su relación afectuosa con Annie (una Sidse Babett Knudsen cálida, luminosa), aportan un retrato íntimo de un profesional que lleva la duda tatuada en el alma. Daniel Auteuil siempre ha sido un actor de sobriedad elegante, y aquí lo demuestra con una vulnerabilidad contenida que sostiene toda la película.

¿Es El acusado un nuevo imprescindible del cine judicial? No. Carece del filo de Doce hombres en pugna, de la teatralidad venenosa de Testigo de cargo o de la grandeza moral de Anatomía de un asesinato. No tiene ese latigazo emocional ni ese aliento épico que eleva al género. Pero sí ofrece un relato sólido, atmosférico, honesto y bien interpretado. Un drama que te lleva de la mano, sin golpes de efecto baratos, hasta un desenlace que reconfigura silenciosamente lo que creías saber.

A veces el cine no tiene que deslumbrar: basta con que te sostenga la mirada. El acusado lo hace. Sin aspavientos, sin trucos, con una dignidad que se agradece. Buena. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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