Harold Bloom, el viejo guardián de la literatura occidental, se lanzó con “El canon occidental” a una misión casi suicida: establecer qué libros y autores conforman los pilares de eso tan difuso que llamamos “Occidente”. Con voz de oráculo —y no poca vanidad—, armó una lista de imprescindibles. ¿El objetivo? Separar la literatura con mayúsculas de todo lo demás. ¿El problema? Que lo hizo desde su atalaya anglófila, convencido de que más allá de Shakespeare todo es ruido y sombras.
Harold Bloom divide la historia literaria en cinco edades: la teocrática (griegos, romanos, Biblia, Homero), la aristocrática (donde brillan Cervantes y, cómo no, Shakespeare), la democrática (con Dickens, Dostoievski o Víctor Hugo), la caótica (Kafka, Borges, Faulkner, Woolf) y un batiburrillo final donde, en lugar de clarificar, enreda. Hay estructura, sí, pero la cosa se vuelve difusa y caprichosa a medida que avanza. “El canon occidental” va de la mano de un amor obsesivo por el Bardo de Avon, que aparece hasta en la sopa: Shakespeare protagoniza sus capítulos y los ajenos. Parece que todos los caminos literarios llevan a él.
Este fanatismo tiene su coste. Harold Bloom excluye autores fundamentales que no escribieron en inglés o que no le simpatizan, y esto no se puede disimular. Se le nota el sesgo: lee mucho inglés y poco más. ¿Ejemplos? Ignora olímpicamente a Boccaccio, a Don Juan Manuel y a toda la tradición medieval hispana y francesa de la que Chaucer, a quien idolatra, bebió sin pudor. El criterio parece ser: si no lo leí en inglés, no existe.
Y ahí está el problema: para levantar un canon que se llame “occidental”, lo mínimo sería dominar, además del inglés, el castellano, el francés, el alemán y el italiano. Harold Bloom no lo hace. Para esconder sus lagunas, se parapeta en la arrogancia. Declara que Shakespeare es el descubridor de la naturaleza humana. ¿Tolstoi dice que todos los personajes shakespearianos hablan igual? Pues es que no sabe inglés. Fin del debate.
La selección del canon refleja más prejuicio que equilibrio. Calderón de la Barca, ignorado. Sólo un español: Cervantes, el comodín. Del mundo iberoamericano, Borges —con justicia— y Neruda, cuya inclusión es discutible si pensamos en los ausentes: Rilke, por ejemplo. El canon se llena de nombres anglosajones mientras se olvida de gigantes como Flaubert, Balzac o incluso grandes poetas como Pessoa o Hölderlin.
El trato que da Harold Bloom a autores del siglo XX es caprichoso. Eleva a Beckett —un autor que muchos consideran espeso, incluso pobre— y minimiza la influencia de Jarry, Artaud o Ionesco. De Kafka apenas asoma la cabeza. Joyce aparece, sí, pero su complejidad lo condena a una lectura más académica que popular. Y aunque Harold Bloom incluye a Freud en su canon, no pierde oportunidad para atacar su influencia, al igual que la de Derrida, Foucault o el odiado T.S. Eliot.
¿Es un libro útil? Sí, para consultar, debatir y descubrir autores pendientes. ¿Es imparcial? En absoluto. Harold Bloom es sabio, pero terco. No tonto, eso sí: tuvo el olfato de incluir una mención al catalán, lo que le valió un sabroso premio en Catalunya.
Resumo: “El canon occidental” es subjetivo, polémico, anglocéntrico y excesivamente shakespeareano. Un libro que ilumina y cabrea a partes iguales. A ver, que eso también tiene su mérito.
Harold Bloom (New York, 1930 – Connecticut 2019) fue un crítico y teórico literario estadounidense y profesor de humanidades en la Universidad de Yale. Desde la publicación de su primer libro en 1959, escribió más de cuarenta libros, incluyendo veinte libros de crítica literaria, varios libros sobre religión y una novela. Editó cientos de antologías para numerosas figuras literarias y filosóficas de la editorial Chelsea House. Sus libros han sido traducidos a más de 40 idiomas. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
