Texto: Susana Vega López.
Aquí todo tiene historia, arte, cultura; es como un oasis en el último perímetro del Centro Histórico a un costado de la Alameda Central donde se encuentra un inmueble del Siglo XVI que ahora alberga el Museo Franz Mayer. Al bajar los escalones para llegar a la Plaza de la Santa Veracruz parece que entras a otra época; el ambiente es apacible, invita a la contemplación, a la meditación. Volteas a un lado y está una iglesia y al otro, el Museo de la Estampa.
Al cruzar las puertas de vidrio se encuentra la taquilla donde hay que indicar lo que quieres hacer: recorrer alguna de las colecciones temporales o la permanente; buscar algún libro en su Biblioteca; visitar el Centro de Estudios de Arte Popular “Ruth D. Lechuga”; ver la Pinacoteca; pasar a la Sala Maker con su exposición “World Press Photo 2026; comprar alguna artesanía mexicana en su Tienda-Librería; o sólo a tomar algún alimento o bebida en el Café de Franz.
En 1980 como parte del rescate de monumentos históricos se interviene el edificio y en 1986 se abre con vocación de servicio al público como museo, con una biblioteca reconocida como la segunda con más grande de América Latina de libros de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Un recinto con tradición de servicio
Desde la construcción del inmueble en el Siglo XVI es un recinto con tradición de servicio al ser un hospital y ahora un museo que se visita por diferentes motivos: por sus exposiciones; para conocer el edificio como tal; por su valor histórico y arquitectónico o porque parientes de las personas que dieron a luz, allí nacieron o sus familiares directos todavía vivos quieren conocer el lugar.
Y es que el ahora Museo Franz Mayer fue el Hospital de San Juan de Dios en el siglo XVI; pasó por diversas facetas como ser sede del Hospital de la Mujer.
En marzo de 1966, se clausuró el antiguo Hospital de la Mujer, sito en la avenida Hidalgo número 42 para dar paso, en 1986, al Museo Franz Mayer.
Al caminar por los pasillos se siente una atmósfera diferente; se imaginan historias; te desconectas de la vida cotidiana, del presente y te remontas a determinados tiempos, a ciertas épocas cuando la gente moría hasta de una sencilla tos.
En uno de los árboles se encuentran asidas algunas bromelias que gozan del sol, el aire, la lluvia y el cuidado que reciben y recuerdan que el viajero alemán que se enamoró de México, Franz Mayer, fue un coleccionista de orquídeas.
El trinar de los pájaros se escucha con claridad mientras la guía Yoli afirma: “qué mejor lugar de una visita al edificio que la fuente en forma de rosa de los vientos” esa que representa los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste y que se adorna con granadas.
Comenta que en el siglo XVI las fuentes eran obligadas en ciertos lugares como los hospitales porque servían para abastecer de agua a las personas, para calmarles la sed. Ahora son punto de reunión.
La joven guía revela que en algunos ventanales y muros se aprecia la figura de San Cristobal porque era parte de la tradición medieval que se pusiera en los conventos.
Aquí también se realizan recorridos arquitectónicos junto con el templo de San Juan de Dios que se construyeron con cantera y tezontle; huellas del pasado que asombran a turistas nacionales e internacionales.
Además, se recuerda que durante mucho tiempo fue el Hospital de la Mujer donde -antes de que se reubicara- se atendían las enfermedades venéreas.
Hospital
En el siglo XVI existían en la Ciudad de México, capital de la Nueva España, diversos hospitales encargados de la atención de enfermos; pero había un grupo considerable de la población: negros, mestizos y mulatos, que por diversas razones no encontraban albergue en ellos.
En 1582, el licenciado en medicina y filántropo, don Pedro López, enterado de esta necesidad, fundó un hospital para su atención. El primer nombre que se le dio fue Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, reflejo fiel de la situación que guardaba ese grupo de enfermos, señala un documento de la Secretaría de Salud del Gobierno de México.
Relata estaba compuesto de dos salas: una para hombres y otra para mujeres, así como de una pequeña ermita, se destinó al mismo tiempo al cuidado de los niños.
En esa época se formó la primera Asociación de Damas para ayuda de los enfermos. Desde 1582 hasta 1624 permanece bajo el cuidado devoto de don Pedro López y luego de su hijo. El 25 de febrero de 1624, los hermanos de la Orden de San Juan de Dios “tomaron posesión quieta y pacífica” del hospital.
Se construyó un nuevo edificio para el hospital, el convento y el templo y fue de tal importancia que llegó a ocupar el primer lugar en América por sus servicios. Baste señalar que durante la peste que azotó a México de 1736 a 1737, se atendieron en seis meses, 9 mil 402 enfermos.
El hospital se sostenía de la caridad. En 1820, después de dos siglos, el hospital deja de estar bajo el cuidado de los juaninos; entra en decadencia y en 1835 llegó a tener solamente ocho camas. Con la llegada de la Orden de las Hermanas de la Caridad en 1844 el hospital quedó bajo su cuidado.
Durante el gobierno del Archiduque de Austria y como consecuencia de la reglamentación de la prostitución, se le dedicó a la atención exclusiva de enfermas con padecimientos venéreos (1864). Las Hermanas de la Caridad permanecieron en el hospital hasta el año de 1874. Al año siguiente, recibe el nombre de Hospital Morelos.
Al ser un hospital para prostitutas, según reglamentación de 1865, se inició la cirugía ginecológica entre 1900 y 1910; en 1914 se le quita el presupuesto al hospital por considerar inhumano el control e inspección de las prostitutas.
El edificio del hospital pasa a manos de la Junta de Damas Católicas, quienes lo convierten en hospicio y asilo para papeleros y mendigos y se transforma casi inmediatamente, por necesidades de la Revolución, en hospital de sangre.
Entre 1914 y 1930 se implanta la cirugía vaginal, se sustituyen a las enfermeras prácticas por enfermeras tituladas; se generaliza la raquia y se inicia el uso del Salvarsán; se funda la sala de maternidad y en ella se imparte la cátedra de obstetricia de la Escuela Nacional de Medicina; se completa la lavandería y se construye un depósito de cadáveres.
De 1930 a 1940 se restaura el hospital y se acondiciona un gabinete dental, un laboratorio de análisis clínicos, así como talleres para enfermeras.
En 1940 se deroga la Ley de Reglamentación de la Prostitución y el hospital deja de ser hospital para prostitutas y pasa a ser hospital para enfermedades venéreas, tanto para hombres como para mujeres.
En 1947 se instala un servicio de radiodiagnóstico y un año más tarde se convierte en hospital general, de libre concurrencia para mujeres.
En 1949, se inaugura un servicio de cancerología y un departamento de citología para la detección del cáncer que fue la base del actual servicio de cancerología; un año después se inicia un curso piloto de ginecobstetricia para estudiantes de la Escuela Nacional de Medicina.
En 1952, se establece un banco de sangre y en 1954 se inauguran el servicio de radioterapia con un aparato de 250kw y el laboratorio de anatomía patológica. En 1956, se creó y organizó un cuerpo de médicos residentes.
En 1957, por su dedicación desde los tiempos coloniales a la atención de mujeres enfermas, se le pone el nombre de Hospital de la Mujer Dr. Jesús Alemán Pérez.
Atención a grupos de turistas y visitantes
Ahora el Museo ambiciona acercar a turistas extranjeros -a través de agencias de viaje, guías especializados y prestadores de servicio turísticos- a este rincón de la ciudad donde se exhibe una colección de artes aplicadas y el diálogo de expresiones artísticas diversas.
Se trata de que los visitantes descubran experiencias culturales, aprendan y vivan momentos sorprendentes al recorrer el recinto. Hay diferentes recorridos -de una o dos horas- para que los turistas sepan más de México a través de objetos reunidos por coleccionistas extranjeros que encontraron en nuestro país su segundo hogar. PdC.
