Hay libros que se leen con devoción y otros con paciencia. “El hereje”, última novela de Miguel Delibes, se mueve entre ambos extremos. Es un artefacto literario sólido, bien documentado, exhaustivamente ambientado en el siglo XVI español, y cuya prosa —clara, precisa, sin alardes innecesarios— permite avanzar como quien atraviesa una Castilla neblinosa: con lentitud, sí, pero con la certeza de estar pisando terreno firme.
“El hereje” gira en torno a Cipriano Salcedo, un comerciante de Valladolid que nace, casual o simbólicamente, el mismo día en que Martín Lutero clava sus 95 tesis en Wittenberg. Y esa coincidencia, por supuesto, no es gratuita: Cipriano crecerá para convertirse en un hombre que busca el sentido más allá de las formas impuestas, y que acaba, cómo no, en las fauces de la Inquisición.
Miguel Delibes se luce, como siempre, en la pintura del paisaje y los hábitos: huele a estiércol, se oye el chirrido de los carros, se siente el roce de las capas y los rezos musitados en las oscuras sacristías. En las primeras páginas, cuando Cipriano es solo un niño que lidia con la muerte de su madre y la frialdad de un padre inquisidor de vocación emocional, “El hereje” resulta magnético. Esa parte inicial, centrada en la infancia, está impregnada de una sensibilidad aguda, y es, para muchos lectores, el tramo más poderoso de toda la obra.
Pero cuando Miguel Delibes despliega la gran maquinaria histórica —la Reforma, la Contrarreforma, Erasmo, Calvino, las tertulias heréticas, los autos de fe— el ritmo se resiente. No es que esté mal escrito; al contrario, todo está contado con rigor quirúrgico y fidelidad enciclopédica. Pero ahí es donde el novelista cede el paso al historiador, y el impulso narrativo se ralentiza. La documentación se vuelve exuberante, y no siempre al servicio del drama. Hay páginas y páginas donde la historia parece suspenderse para dar una clase, lo cual no a todos les resulta estimulante. Para quienes no comulgan con el dogma ni con su crítica, este tramo puede volverse árido, como una misa sin fin en latín.
Un personaje, por ejemplo, como el carcelero que hace de intermediario epistolar en la celda, chirría por lo inverosímil; se siente más funcional que creíble, lo que contrasta con el realismo meticuloso del resto del relato.
Ahora bien, lo que nadie puede negarle a “El hereje” es su ambición: es un testimonio literario de una época donde pensar distinto era un delito mortal. Miguel Delibes construye una tragedia silenciosa sobre la libertad de conciencia, encarnada en un hombre que no busca heroicidades sino coherencia consigo mismo. Esa honestidad —que hoy puede parecernos tibia o resignada— fue, en su momento, subversiva.
¿Es esta la mejor obra de Miguel Delibes? Probablemente no. Su talento brilla más en novelas donde el paisaje emocional está más cerca de la tierra que de los tratados teológicos. Pero “El hereje” es un colofón digno a una carrera deslumbrante. Una novela que, aunque no encienda pasiones en todos los lectores, deja claro que la herejía más grande es traicionarse a uno mismo.
Miguel Delibes Setién (Valladolid 1920 – 2010) fue un novelista español y miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su muerte, ocupando la silla «E». Licenciado en Comercio, comenzó su carrera como dibujante de caricaturas, columnista y posterior periodista de El Norte de Castilla, diario que llegó a dirigir, para pasar de forma gradual a dedicarse enteramente a la novela.
Considerado uno de los principales referentes de la literatura en lengua española, obtiene a lo largo de su carrera las más destacadas distinciones del ámbito literario: el Premio Nadal (1948), el Premio de la Crítica (1953), el Príncipe de Asturias (1982), el Premio Nacional de las Letras Españolas (1991) y el Premio Miguel de Cervantes (1993), entre otros. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
