En Tokio uno puede alquilar casi cualquier cosa: un paraguas, un cubículo para llorar… o una familia entera. En un país donde la cortesía suaviza los bordes y la soledad se instala sin pedir permiso, la idea de “rentar afectos” parece extraña solo hasta que la piensas dos segundos. Y ahí entra Familia en renta, una comedia dramática que prefiere el abrazo tibio a la puñalada emocional, y que encuentra en Brendan Fraser un protagonista tan entrañable como desorientado.

Philip Venderploeg, actor norteamericano varado en Japón desde hace siete años, vive de audiciones mediocres y papeles olvidables. Lo vemos correr por Shibuya, esconder su desaliento en un bar, mirar desde su balcón la vida de otros como quien observa un acuario ajeno. Todo en él grita: “No tengo a nadie”. Hasta que un día, sin mayor ceremonia, lo invitan a un funeral donde no conocía al muerto… y de paso le ofrecen el papel de su vida.

Shinji, dueño de una empresa que alquila personas para cubrir huecos emocionales o sociales, lo ficha como “el extranjero de confianza”, ese comodín capaz de encajar donde haga falta. Desde un prometido inventado para una mujer que necesita fingir una boda rumbo a Canadá, hasta un padre temporal para una niña que sueña con una escuela de élite y una madre que solo quiere darle una oportunidad, Philip empieza a encadenar papeles que importan más que cualquier comercial de pasta de dientes.

Al principio se resiste —“es una mentira, estoy jugando con la vida de la gente”—, pero pronto descubre que sus ficciones alivian dolores reales. Lo absurdo es que mientras él llena huecos ajenos, los propios siguen latiendo. Y es ahí donde Familia en renta funciona: en el tono amable, en la ternura sin cursilería, en esa mirada que entiende que la soledad no siempre se resuelve, pero sí puede acompañarse.

Brendan Fraser aprovecha su momento post-Óscar y entrega un personaje torpe, vulnerable y luminoso, de esos que ganan con la mirada caída y la sonrisa rota. A su alrededor, Mari Yamamoto y Kimura Bun aportan ritmo y humanidad; y la joven Shannon Mahina Gorman convierte su historia con Philip en el corazón más puro del filme. La fotografía discreta, casi tímida, sabe cuándo mirar de lejos y cuándo acercarse para dejarnos respirar con los personajes.

Familia en renta también se atreve a mostrar la otra cara de este negocio: escenas de confrontación marital rentada, un vistazo al sexo en vivo, la explotación emocional disfrazada de protocolo. Sin juzgar, sin moralina, solo dejando que el espectador arme el rompecabezas.

Familia en renta no pretende dar lecciones definitivas sobre la soledad ni denunciar nada con furia; prefiere la caricia al zarpazo. Y sí, quizá por eso no es una obra maestra, pero resulta cálida, honesta y profundamente humana. Una historia que recuerda que, a veces, lo que necesitamos no es verdad absoluta, sino compañía suficiente para seguir adelante, aunque sea prestada. Buena. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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