Miscelánea

Libertad de expresión no es libertad de estupidez

Por Bernat del Ángel.

Vivimos una época gloriosa, sí, pero no precisamente por su esplendor intelectual. Es gloriosa en su estupidez, monumental en su desvarío, y admirable en su capacidad de dar voz —y foco— al idiota del barrio. Nos hemos convertido en una civilización que aplaude a quien grita más fuerte, no a quien tiene razón. La histeria se disfraza de opinión, y el disparate se sienta a la mesa del debate como si fuera un invitado de honor.

Tenemos que dejar de debatir cosas que no tienen debate posible. Pero claro, en esta feria de egos y micrófonos, la sensatez siempre suena antipática. Porque hemos llegado al punto en el que un científico con treinta años de estudio tiene que “debatir” con un sujeto que lleva una bolsa de papel en la cabeza y asegura que la Tierra es plana. Y lo más grave: el debate se transmite en prime time, con rótulos y aplausos enlatados.

¿Debatir el qué, exactamente? ¿La existencia de la gravedad? ¿La utilidad del agua? ¿El número de patas de una vaca? Ya lo decía mi madre, mujer sabia y de lengua filosa: Discutir con un cretino es como jugar ajedrez con una paloma; te tira las piezas, se caga en el tablero y se va volando convencida de que ganó.”

Pero lo verdaderamente inquietante —y aquí la ironía se disuelve en preocupación— es que estos lunáticos profesionales no siempre son tontos. No, señor. Algunos son herramientas, piezas bien engrasadas del sistema. Se les da un micrófono, un sueldo y una cuota de escándalo por minuto, y su función es simple: sembrar ruido. Distracción pura y dura. Mientras el pueblo debate si nos fumigan desde el cielo, las élites siguen llenándose los bolsillos aquí abajo.

No es casualidad. Cuanto más creas que los aviones te esparcen litio para controlarte, menos te preocupará que el planeta se esté friendo. Cuanto más te convenzan de que el cambio climático es un invento, más barato les sale seguir quemando el mundo. Y así, mientras el pueblo se pelea por teorías de TikTok, el poder brinda con champán en la penumbra.

Pero, cuidado, no caigamos en la tentación de pensar que la idiotez contemporánea es sólo fruto de la ignorancia. No. Es una industria. Una maquinaria que fabrica opinadores en serie. Se les entrega un altavoz, se les da un guion, y hala, a soltar barbaridades con desparpajo. El público, agradecido, los convierte en gurús.

Y claro, uno se pregunta: ¿cómo demonios llegamos a esto? Tal vez cuando decidimos que toda opinión era respetable, aunque fuera una sandez. O cuando confundimos libertad de expresión con libertad de desinformar. Hoy cualquiera con conexión a internet puede opinar sobre física cuántica, vacunas o geopolítica, aunque no sepa diferenciar un átomo de una aceituna.

A ver, no todas las opiniones valen lo mismo. La del médico pesa más que la del cuñado, la del historiador más que la del tuitero. Defender lo contrario no es democrático, es suicida. Porque cuando todo vale lo mismo, la verdad deja de valer nada.

Quizá haya que decirlo sin anestesia: hay listos y hay tontos. Y el problema no es que existan, sino que ahora los segundos tienen club de fans. Antes los idiotas se reunían en la taberna y discutían entre ellos; hoy llenan estadios, venden libros, ganan premios, se forran.

Lo más triste es que ya ni siquiera sorprende. El disparate se ha normalizado, el absurdo se volvió espectáculo y la inteligencia, sospechosa. Reírse de un ignorante es políticamente incorrecto, pero dejarle hablar es una tragedia.

Al final, decía mi abuelo: Cada vez que un imbécil se siente legitimado, un sabio se levanta de la mesa.” Y estamos quedándonos sin sabios. PdC.

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