Por Bernat del Ángel.
Hace unos días soñé con mi padre. Lo sorprendente no fue el sueño, sino el hecho de recordarlo.
Porque yo, los sueños, los pierdo como calcetines en la lavadora de la conciencia: entran dos, sale uno y nadie sabe a dónde fue el otro.
Pero esta vez no. Esta vez lo vi. Estaba ahí, como siempre: sin pomposidad, sin aspavientos. Sereno, firme, con esa mezcla de ternura y guasa que le salía natural, como a otros les sale el mal aliento o el ego desbordado.
Me dijo algo, claro.
Algo que hoy me resuena en el pecho como tambor de guerra suave y lo comparto:
“Estás triste porque lo permites. No dejes de poner las cosas en su lugar. Vive riendo, tu si sabes hacerlo.”
Mi padre, para que me entiendas, era un hombre extraordinario. No perfecto, que eso es cosa de santos o de hipócritas. A veces le daba por hacer cosas difíciles de digerir, como quedarse callado cuando esperábamos un consejo, o meter ruido cuando tocaba silencio. Pero era bueno. De esa bondad sin pancarta ni hashtag. La de verdad.
Y sobre todo, nos quería.
No era un poeta, pero tenía frases que eran puñales con moño:
“No pidas a quien pidió, no sirvas a quien sirvió. No hay mayor tirano que un pobre hecho amo.”
Y lo soltaba así, sin énfasis, mientras pelaba una mandarina o arreglaba la antena de la tele con un gancho de ropa.
Lo suyo era la sabiduría que se transmite sin darse cuenta. La del guía que al principio te agarra fuerte, y luego te suelta la mano con un empujoncito disfrazado de confianza.
Él siempre me animó. Incluso cuando yo no sabía a dónde iba. O peor aún, cuando creía saberlo.
Decía que hablar a gritos era su manera de que lo escucharan mejor. “Discurso motivacional de alto volumen”, lo llamaba con sorna. A veces nos reíamos. A veces nos dolía. Pero siempre sabíamos que lo hacía desde el afecto.
Desde esa manera suya de querer sin condiciones. De no juzgar.
Lo recuerdo cada vez que escribo.
Cada vez que río con ganas.
Cada vez que una película me hace llorar sin vergüenza.
Cada vez que tengo que decidir si soy buena gente o un cretino con excusa.
Cada vez que alguien se equivoca frente a mí y decido no señalarlo, sino entenderlo.
Sí, murió hace años. Pero sigue aquí.
En mi manera de sentarme.
En cómo leo todo lo que cae en mis manos, que ya me servirá cuando más lo requiera.
En cómo me guardo las frases buenas para usarlas en el momento preciso.
En cómo escucho más de lo que hablo (aunque no siempre lo logre).
En cómo intento, aunque me cueste, ser una buena persona.
Y sí, en cómo grito a veces cuando quiero ser escuchado.
Joder… me he convertido en mi padre.
Y me sienta estupendamente.
Si tienes uno vivo, dale un abrazo. Y si ya no está, recuérdalo como lo que fue para ti: un maestro de los que no se olvidan.
Yo lo recuerdo como un tipo cariñoso, un hombre bueno.
De esos que hacen falta hoy.
De esos que, si imitáramos un poco, tal vez este mundo dejaría de parecer un basurero emocional.
No tenía filtros de Instagram ni le hacía falta terapia para ser empático. No era perfecto, pero tampoco un farsante.
Y aunque discutía a gritos, nunca lo hizo con odio.
Aunque no tenía respuestas para todo, sabía escuchar sin interrumpir con consejos idiotas.
Ahora, tantos años después, lo reconozco en el espejo cuando me afeito, cuando leo a deshoras, cuando escribo sin pedir permiso.
Y es que en este planeta de ruido, postureo y sobreactuación, lo que más echo en falta es su silencio. Ese silencio sabio, sin juicio, sin memes ni frases motivacionales de TikTok. Su forma de estar sin imponer, de enseñar sin sermonear.
Porque ahora sobran opinadores y faltan padres.
Sobran jefes, gurús, coaches de humo… y escasean hombres buenos que sepan cuándo hablar a gritos y cuándo guardar un abrazo como última palabra.
Me doy cuenta de que mi padre era ese lujo que ya no se fabrica. Lo tuve.
Y aunque la vida se lo llevó, me lo dejó puesto por dentro.
Como un tatuaje invisible que solo se ve cuando me canso de hacerme el fuerte.
Sí. Me he convertido en él. Y que se jodan los que no entienden que eso, lejos de ser un problema, es mi mayor triunfo.
Porque mientras el mundo se llena de adultos-niño lloriqueando en podcasts, yo tuve un padre de verdad.
Y entonces lo recuerdo secándome el sudor diciendo:
—“Haz lo que te gusta, pero hazlo hoy. Porque no sabes cuánto va a durar esto”.
Y coño… voy hacerle caso otra vez, y así ganarle una batalla más a esta época de mamarrachos. PdC.
