No todos los thrillers necesitan una pistola sobre la mesa. A veces basta con una acusación, una mirada ladeada en la sala de maestros, y el silencio cobarde de una autoridad que prefiere no “hacer olas”. En “No hagas olas”, Teddy Lussi-Modeste firma una película que no grita, pero sacude. Un drama psicológico con tintes de thriller moral que escarba con precisión quirúrgica en un tema espinoso: ¿qué ocurre cuando el sistema educativo, en vez de proteger, deja caer?

Julien Keller (François Civil, preciso, vulnerable, magnífico) es un joven profesor de literatura, entusiasta, íntegro, convencido de que el aula puede ser un lugar de transformación. Pero todo se derrumba cuando una alumna lanza una acusación de acoso en su contra. Lo que sigue es una cadena de silencios institucionales, prejuicios, juicios sumarios y, sobre todo, un clima de sospecha generalizada que lo convierte en paria. No importa que Julien sea gay ni que mantenga una relación estable. Esa verdad, lejos de redimirlo, se vuelve otra pieza en su caída.

La persecución no es un caso policial ni una cruzada por la inocencia. Es más bien una radiografía brutal del ecosistema escolar como microcosmos social: allí donde convergen la precariedad docente, la ignorancia sexual, la violencia soterrada y la cobardía de las jerarquías. Teddy Lussi-Modeste (que vivió en carne propia la historia que inspira la película) no apunta con el dedo: exhibe, expone, incomoda. El guión, escrito junto a Audrey Diwan, se permite complejidades raras en el cine contemporáneo. No hay héroes puros ni villanos caricaturescos. Todos fallan. Todos tienen miedo.

La comparación con La cacería (2012) de Vinterberg es inevitable, pero Teddy Lussi-Modeste vira hacia lo sistémico. Aquí no interesa tanto si Julien es culpable o no —eso queda claro rápido—, sino cómo un rumor basta para fracturar su vida pública y privada, cómo las redes sociales amplifican los linchamientos, cómo las instituciones prefieren minimizar antes que confrontar. En una escena clave, el director del colegio le suplica: No hagas olas”. Ese “pas de vagues” que da título al film es el reflejo exacto del colapso ético del sistema: la paz se compra con injusticia.

No hagas olas” se toma el tiempo de construir el infierno de Julien: sus clases, cargadas de tensión; los pasillos, convertidos en trincheras; los padres, agresivos; los colegas, mudos; su pareja, herida. Todo se va erosionando hasta dejarlo en el borde de la disolución personal. François Civil sostiene con firmeza ese descenso. Su Julien no estalla. Se desgasta. Se calla hasta que duele.

Visualmente, No hagas olas” elige una sobriedad elegante, con algunos momentos de lirismo bien medido. Las decisiones estilísticas no desvían la atención, la concentran. El resultado es una obra que, sin ser estridente, se queda adherida como una espina en la garganta.

El final, lejos de ser un mero cierre, propone una fuga hacia la dignidad. No hay redención fácil, pero sí una mínima posibilidad: la de dejar de callar. En tiempos donde basta un tuit para arruinar o salvar una vida, La persecución es una advertencia lúcida. Y una llamada urgente a recuperar la valentía de nombrar las cosas por su nombre. Aunque eso implique hacer olas. Todas. Buena. Obligada. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Te puede gustar