Las monjas siempre han sido un imán para el cine. El hábito, el silencio y el voto de castidad tienen algo de icono pop involuntario: desde la santurronería de La canción de Bernadette hasta los excesos de Benedetta, pasando por el terror gomoso de La monja. Cada década reinventa a las hermanas de clausura para proyectar en ellas nuestras obsesiones más mundanas. Por eso sorprende —y maravilla— que Alauda Ruiz de Azúa tome ese imaginario tan manoseado y lo convierta en una radiografía íntima y dolorosamente contemporánea de la fe, la culpa y la familia. Los Domingos no es un panfleto ni un sermón: es una obra que se instala en esas zonas difusas donde nadie tiene razón del todo y todos creen tenerla.

Alauda Ruiz de Azúa tiene una filmografía impecable (Cinco lobitos, Querer), pero el riesgo de caer en la tibieza emocional tan frecuente en el cine español reciente estaba ahí. Aluda Ruiz de Azúa hace el truco de prestidigitador del año: convierte a cada personaje en un manojo de contradicciones que jamás se ordenan en moraleja. Los Domingos no pretende cerrar debates; los abre y los deja sangrando.

El detonante es Ainara, una adolescente que decide ingresar a una orden contemplativa. Pero la película no va de ella, o no del todo. Va de los ecos que genera su decisión: desde la tía Maite —extraordinaria en su racionalidad convertida en obsesión— hasta el padre abatido que ya no pelea ni por sí mismo. La fe, en manos de Ainara, no es un camino iluminado sino un salvavidas emocional. Es su manera de pactar con un dolor que nunca se explica del todo, pero que impregna cada escena. Dios se le aparece más como un mecanismo de defensa que como una epifanía: una promesa de respuestas simples a problemas que la vida nunca resolvió.

Lo fascinante es que Los Domingos no juzga a nadie. La cámara observa reacciones que van desde la furia al agotamiento, pasando por un conformismo casi mineral. No hay buenos ni malos, solo humanos atrapados entre el amor, la culpa y ese agotamiento que llega cuando la familia ya no tiene fuerzas ni para discutir. El guion es, en esencia, un viaje interior de la propia directora: un ejercicio de honestidad que se siente sincero, vulnerable y escrito sin red.

Los Domingos muestra una madurez impresionante. Los interiores del convento están filmados con una sobriedad casi hipnótica, entre sombras, naturaleza y un silencio que pesa más que cualquier música. La secuencia final —sobria, impecable, sin acrobacias— es posiblemente el momento más aterrador del cine español reciente, precisamente porque no necesita gritar para descolocar.

Cuando termina la película, uno sale lleno de preguntas, como esa familia rota que intenta entenderse sin lograrlo. Los Domingos no es polémica gratuita; es cine que provoca discusión y obliga a mirar hacia dentro. Solo las grandes películas dejan esa inquietud vibrando en el pecho. Buena. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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