El cine ha explorado el duelo de mil maneras, pero pocas veces lo ha hecho con un perro de 70 kilos como coprotagonista. El amigo” no es solo un drama sobre la pérdida y el vacío que deja un suicidio, sino una historia de vínculos inesperados, resiliencia emocional y, sí, un perro que roba cada escena.

Basada en la novela de Sigrid Nunez, esta adaptación de Scott McGehee y David Siegel tiene una sensibilidad poco común en Hollywood: trata el suicidio sin caer en la explotación emocional ni en el melodrama barato. En su centro, Naomi Watts da una de sus interpretaciones más auténticas como Iris, una escritora que se enfrenta a la muerte de su mejor amigo, Walter (Bill Murray), mientras lidia con un “pequeño” problema logístico: él le ha dejado en herencia a su Gran Danés, Apollo.

El dilema es claro. Iris no es amante de los perros, vive en un apartamento diminuto donde no se permiten mascotas y, para colmo, Apollo está sumido en su propio duelo. Mientras la historia avanza, la relación entre ambos pasa de ser una imposición a una conexión genuina, mostrando con sutileza cómo la compañía inesperada puede sanar heridas profundas.

Bill Murray, en un papel más reflexivo de lo habitual, aparece principalmente en flashbacks, pero incluso en esos momentos demuestra por qué sigue siendo un icono del cine. Su Walter es encantador, sarcástico y un tanto mujeriego, pero también un personaje lleno de matices que deja una huella imborrable en Iris… y en Apollo.

El guion es afilado, profundo y sorprendentemente divertido. La química entre Naomi Watts y Bing (el perro que interpreta a Apollo) es natural y creíble, convirtiendo su dinámica en el verdadero corazón de la película. Y aunque pueda parecer que el gran Danés es solo un accesorio emocional, su presencia va mucho más allá de lo simbólico: es un personaje con alma propia.

Visualmente, El amigo” es un regalo para los amantes de Nueva York. Con la cámara de Giles Nuttgens capturando la ciudad desde perspectivas poco convencionales —incluida la de un perro gigante—, el resultado es una especie de carta de amor a la urbe, con sus parques, sus edificios y su inconfundible espíritu caótico.

El amigo”, además, juega con la ambigüedad de su título. ¿Quién es realmente El amigo”? ¿Walter para Iris? ¿Apollo para ella? ¿O ambos? La respuesta queda abierta, pero lo que sí es seguro es que esta historia trasciende la simple premisa de “mujer deprimida adopta perro”. Es un relato conmovedor sobre cómo la pérdida puede transformarse en algo inesperadamente hermoso.

El final, con Apollo en la playa en una escena que mezcla la inquietud con la esperanza, es de esas imágenes que se quedan en la memoria. No es solo un cierre visualmente impactante, sino la confirmación de que el duelo no tiene fórmulas, pero sí caminos. Y a veces, ese camino viene con cuatro patas y mucho pelo. Buena. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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