“Mafia y poder” quiere ser una epopeya del crimen organizado, un retrato intenso de la mafia neoyorquina, pero se queda en un refrito de clichés y fórmulas gastadas. Barry Levinson, con su historial de cine sólido y efectivo (Rain Man, Wag the Dog), aquí parece más bien un director a sueldo, sin la audacia de Martin Scorsese ni la energía que este tipo de historias demanda.

Mafia y poder” revive la histórica disputa entre Frank Costello y Vito Genovese, dos de los nombres más pesados de la Cosa Nostra. La gran apuesta (o el gran despropósito) es que ambos son interpretados por Robert De Niro. ¿Resultado? Una confusión que no suma nada. Costello es el mafioso cerebral, un estratega que prefiere evitar la violencia porque “es mala para el negocio”; Genovese, en cambio, es un paranoico violento y despiadado. Dos polos opuestos que chocan en un juego de poder. Hasta ahí, la historia promete.

Pero el problema empieza cuando la ejecución se siente mecánica. Mafia y poder” juega a ser un clásico moderno del cine de gánsteres, pero se queda en la superficie. Flashbacks en blanco y negro, fotografías con tono sepia, vestuarios impecables, automóviles de época y la banda sonora nostálgica: todo está ahí, pero sin alma. Es un rompecabezas armado con piezas de otras películas, solo que esta vez sin la chispa necesaria para hacerlo vibrar.

Robert De Niro es un titán del cine de mafia. Lo ha demostrado en El padrino Parte II, Goodfellas, Casino y El irlandés. Pero aquí, su doble rol no es un golpe maestro, sino una distracción. Como Costello, está convincente, con la serenidad y la astucia de un capo que sabe moverse en las sombras. Pero como Genovese, parece una caricatura salida de una parodia de Goodfellas: gestos exagerados, voz forzada, una especie de Joe Pesci descontrolado. Si no fuera por los diferentes maquillajes, sería difícil distinguirlos.

El resultado es un juego narrativo fallido: el doble Robert De Niro no enriquece la historia, la hace más torpe. En lugar de construir dos personalidades con matices, Mafia y poder” nos da una actuación en espejo donde ambos personajes parecen versiones de un mismo molde.

Si hay un punto alto en Mafia y poder”, es Cosmo Jarvis como Vincent Gigante, el torpe y brutal sicario de Genovese. Su actuación tiene una mezcla de amenaza latente y vulnerabilidad que roba escenas. En su fallido intento de asesinar a Costello (dispara y solo le roza la cabeza), pasa de ser un despiadado matón a un hazmerreír entre sus compañeros. Su presencia es lo más cercano a un soplo de aire fresco en un guion que de otro modo se siente reciclado.

También hay destellos de humor bien logrados, como la catastrófica cumbre de Apalachin, donde docenas de mafiosos, vestidos con elegantes abrigos de piel y fedoras, huyen despavoridos al ser descubiertos por la policía. Es una escena casi cómica en medio de tanta solemnidad.

Mafia y poder” tenía el material para ser una gran película de gánsteres, pero nunca logra despegar. Se nota que el guion quiere emular la maestría de Goodfellas o El irlandés, pero sin la frescura ni el riesgo de estas. La dirección de Barry Levinson es funcional pero sin personalidad; los movimientos de cámara, las transiciones y el montaje parecen puestos en piloto automático, y así no es.

El mayor pecado de Mafia y poder” es que nunca justifica su propia existencia. Es un remedo de mejores obras del género, sin aportar algo realmente nuevo. No es un desastre absoluto, pero tampoco es una obra memorable. Para los fanáticos de la mafia en el cine, hay mejores opciones. Para los seguidores de Robert De Niro, quizá sea interesante verlo jugar a ser dos personajes. Pero para el espectador promedio, es probable que sea solo un título más en la interminable lista de películas de crimen organizado.

A ver, un Robert De Niro es oro, dos son demasiado. Regular. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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