Historias Comunes

Discutir no es el problema, discutir como imbécil sí

Por Bernat del Ángel.

Dicen que las tortugas gigantes de las Galápagos pueden vivir más de 100 años.

Y no solo eso: pueden pasar días sin moverse, sin hacer el menor esfuerzo por acercarse a otro ser vivo. Calladas, estoicas, como si supieran algo que nosotros ignoramos.

Una pareja que nunca discute se parece peligrosamente a esas tortugas: parece que están bien, pero en realidad solo están dejando que la vida les pase por encima.

Lo que destruye las relaciones no es discutir. Es discutir mal. A los gritos, con el ego inflado, con la necesidad rabiosa de tener razón aunque sea a costa del otro. Lo peligroso no es el conflicto en sí, sino la forma ruin, infantil y chapucera en que lo gestionamos.

Nos enseñaron a ver la discusión como un campo de batalla donde solo puede haber un ganador. Con esa lógica de trincheras, el diálogo se convierte en una guerra de aseveraciones donde la verdad importa menos que el volumen de la voz. Y, claro, cuando eso pasa, discutir se vuelve agotador, doloroso e inútil.

Pero el problema opuesto es igual de dañino: no discutir nunca.

La paz absoluta es solo un mito barato para mentes cobardes. Porque evitar siempre el conflicto no significa que todo esté bien, sino que uno de los dos ha decidido tragarse su dignidad en nombre de una paz ficticia que, tarde o temprano, se pudre. Lo sabes.

El conflicto es humano. Discutimos porque nos importa. Porque estamos vivos. Porque sentir rabia, frustración o desacuerdo es parte del amor y no su ruina. Cuando evitamos discutir por miedo a la confrontación, lo que hacemos es desplazar la incomodidad hasta que se acumula y explota. Y cuando explota, no hay negociación posible. Solo quedan ruinas.

Pero claro, aquí entra el otro gran error: discutir no es solo escupir reproches y contar agravios. No es una competencia de memoria histórica para ver quién la cagó primero o peor. Tampoco es una oportunidad para convertirte en fiscal, juez y verdugo de tu pareja, de tus hijos o de quien se atreva a mirarte mal.

Hay una diferencia crucial entre discutir para comprender y discutir para vencer. Si lo haces desde la humillación, desde el ego o desde el chantaje emocional, lo único que lograrás es acumular resentimiento. Y cuando el resentimiento crece, la relación muere, aunque sigan compartiendo cama y calendario.

Mucha gente me pide ayuda para “comunicarse mejor” con su pareja o con sus hijos. Pero cuando rascas un poco, descubres que lo que realmente quieren no es mejorar la comunicación, sino convencer al otro de que acepte su punto de vista.

Y eso no es comunicación. Eso es manipulación con diplomacia.

Si llevas la cuenta de las veces que tuviste razón, si entras a una discusión con un guion predeterminado o si tu objetivo es cambiar al otro, entonces no eres libre. Estás atrapado en tu propia rigidez mental, en una cárcel con barrotes de buenas intenciones y un letrero en la puerta que dice: “Lo hago por nuestro bien”.

La libertad estriba en elegir tu respuesta. En aceptar que el otro puede pensar distinto sin que eso signifique que está equivocado o que te ama menos. En entender que discutir bien es un arte que pocos dominan porque requiere inteligencia, humildad y huevos.

Y sobre todo, en recordar que discutir no es lo que mata las relaciones. Lo que las mata es el miedo a hacerlo bien. PdC.

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