Si alguna vez te preguntaste qué pasaría si “Crank” se cruzara con “Deadpool” y le añadieras un protagonista que no siente dolor, “Novocaine” tiene la respuesta. O, al menos, una versión exagerada, sanguinolenta y un tanto absurda de esa respuesta.
Jack Quaid encarna a Nathan Caine, un tipo común y corriente—bueno, tan común como puede ser alguien con CIPA (insensibilidad congénita al dolor con anhidrosis), una enfermedad rara que le impide sentir daño físico. La idea en papel es prometedora: un empleado de banco apocado, de los que pasan desapercibidos, se ve envuelto en una vorágine de violencia al estilo del coyote del Correcaminos cuando secuestran a su interés romántico, Sherry (Amber Midthunder). Su “superpoder” de no sentir dolor lo convierte en un arma imparable. Pero, como pasa con los chistes malos que se alargan demasiado, la película queda atrapada en su propio juego y pierde el encanto.
El punto fuerte de “Novocaine” es su desfachatez. Sabe que es ridícula y lo abraza con entusiasmo. El problema es que una idea así necesita más que litros de sangre y huesos fracturados para sostenerse. Coquetea con el humor negro y la acción desenfrenada, pero termina cayendo en un ciclo repetitivo: Nathan recibe una brutal paliza, se levanta como si nada, y vuelta a empezar. La primera vez divierte, la quinta ya cansa.
Jack Quaid hace lo que puede con el material. Su talento para la comedia ayuda a que algunas escenas tengan chispa, y Amber Midthunder aporta carisma en un papel que merecía más desarrollo. Pero la película, dirigida por Dan Berk y Robert Olsen, parece más interesada en acumular golpes que en construir personajes memorables. “Kick-Ass” jugó con una premisa parecida, pero con un mundo bien definido. “Novocaine”, en cambio, se siente como una sucesión de escenas pensadas más para impactar que para contar algo con sustancia.
Además, “Novocaine” cae en una de las trampas más comunes de Hollywood: usar una enfermedad real como simple recurso narrativo sin mayor profundidad. CIPA no es un súperpoder, y tratarlo como tal resulta tan simplista como poco original. Es el mismo error que se ha visto antes con otros trastornos malinterpretados en el cine, convirtiéndolos en metáforas de resiliencia o valentía en lugar de explorarlos con matices.
Eso no significa que “Novocaine” sea un desastre total. Para los fans de la acción grotesca y la violencia sin frenos, hay diversión en su anarquía visual. Pero sin una historia que justifique el caos, lo que podría haber sido una película de culto termina pareciendo un intento fallido de replicar éxitos ajenos. La locura sin control puede ser entretenida por un rato, pero cuando todo se reduce a ver cuánto daño puede soportar el protagonista antes de que el público se canse, el efecto anestésico de “Novocaine” se siente demasiado real. Prescindible. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.