Si creías que las historias sobre adicciones y redención estaban gastadas, “Un viaje de sobriedad” llega para demostrarte lo contrario. Con un paisaje escocés tan imponente que casi roba cámara y una Saoirse Ronan en estado de gracia, esta película de Nora Fingscheidt toma el trillado viaje de autodescubrimiento y lo transforma en algo magnético, casi hipnótico. Olvida los discursos motivacionales y los finales forzadamente esperanzadores; aquí lo que hay es crudeza, belleza y una lucha que se siente real.

Desde el arranque, la historia nos sumerge en el folclore de las islas Orkney con la leyenda de los selkies, esos seres mitad foca, mitad humanos que parecen arrastrar consigo el lamento de los ahogados. Una metáfora perfecta para la protagonista, Rona, quien lidia con una adicción al alcohol que la ha hecho naufragar en su propia vida. Mediante una narrativa no lineal, saltamos entre su niñez, sus peores borracheras en Londres y su intento por reconstruirse en la tierra donde creció. Todo con la sensación de que el viento y las olas no solo azotan los acantilados, sino también su alma.

Rona no es una víctima de libro de autoayuda. Es arrogante, impulsiva y autodestructiva. En Londres vivió el desfase total, arrastrando a su pareja (Paapa Essiedu) en el torbellino de su alcoholismo. Pero tras un colapso, decide enfrentarse a la rehabilitación. Lo que sigue no es un camino de rosas: su retorno a Orkney la enfrenta a un padre bipolar (Stephen Dillane), una madre absorbida por la religión (Saskia Reeves) y un aislamiento que no sabe si la salvará o terminará de hundirla. En Papay, una de las islas más remotas, se sumerge en la soledad, tratando de encontrar en la naturaleza la fuerza que el alcohol le robó.

El guion, coescrito por la propia Amy Liptrot —autora del libro en el que se basa—, esquiva las trampas del melodrama barato. La recuperación de Rona no tiene una gran epifanía ni un momento glorioso de victoria. Es un proceso lento, lleno de recaídas, frustraciones y, sobre todo, de enfrentarse a sí misma sin anestesia. Su trabajo con la Royal Society for the Protection of Birds, buscando el escurridizo canto del corncrake, es otra metáfora brillante: el sonido de algo perdido, difícil de encontrar, pero no imposible.

Lo que eleva a Un viaje de sobriedad” sobre otras historias de adicción es su lenguaje visual. Cada plano parece respirar el frío del mar, el peso del viento, la inmensidad de la isla. La cinematografía de Yunus Roy Imer convierte a Orkney en un personaje más, un refugio y un castigo a la vez. Y luego está Saoirse Ronan, que sigue demostrando por qué es una de las mejores actrices de su generación. Sin alardes, sin grandes explosiones emocionales, pero con una verdad brutal en cada mirada, en cada silencio.

Nora Fingscheidt no nos vende una redención hollywoodense, sino un retrato honesto de la fragilidad humana. No hay garantías de que Rona haya vencido a sus demonios, solo la certeza de que sigue luchando. Un viaje de sobriedad” no es solo una película sobre el alcoholismo; es una historia sobre el poder de la naturaleza, el peso de la memoria y la eterna batalla por no ser devorado por uno mismo. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Te puede gustar